Pieza para 14 bailarines.

Dirección Artística:
Álvaro Zaldívar

Música:

Verdi

Escenografía:

Jorge Gay

Vestuario:

Conchita de la Cueva

Diseño de luces:

José Castelltort


El argumento del triunfal drama romántico de Antonio García Gutiérrez (estrenado en Madrid el 1 de marzo de 1836) nos sitúa en el alba del siglo XV, cuando la muerte del rey aragonés Martín I el Humano produjo una serie de enfrentamientos políticos que concluirían con el famoso Compromiso de Caspe. Tragedia de éxito rotundo en la España romántica, alcanzará su definitiva inmortalidad gracias a la poderosa partitura que G. Verdi crea, muy pocos años después, sobre la respetuosa adaptación italiana realizada por su libretista Salvatore Cammarano y finalizada por Leone Emmanuel Bardare. Desde su estreno romano el 19 de enero de 1853, siglo y medio de indiscutible triunfo mundial han convertido a Il trovatore en un superlativo icono del teatro musical.

La versión dancística que presentamos, a partir del moderno montaje sonoro sobre un antiguo registro operístico¹, desarrolla una libre recreación del argumento, donde la creación coreográfica y escenográfica no están esclavizadas por la historia ni el pentagrama sino que conviven con ellas en sugerente armonía, proponiéndose así una fresca e incisiva mirada contemporánea, de pureza solística y austeridad camerística, muy alejada del tópico efecto romántico basado en la obvia pantomima narrativa y apoyado en el fácil impacto de la multitud en escena.


De este modo, el carisma de la tragedia española y la pasión de la música verdiana adquieren, ya renacido todo ello en un ballet radicalmente contemporáneo, esa indescriptible capacidad de emocionar propia de una coetánea “obra-de-arte-total” (literatura-música-pintura-danza) donde el gesto se hace mensaje, en un espacio hecho luz, color, sonido, e incluso aroma, para contarnos así, de una nueva manera, la siempre actual dramaturgia del amor, la vida y la muerte.

¹Agradecemos a José Antonio Peña la generosa cesión de un ejemplar -magníficamente conservado en la riquísima fonoteca del que fuera crítico musical del Heraldo de Aragón don Eduardo Fauquié- de la grabación original de Il Trovatore, dirigida en la Scala de Milán, en 1957, por Herbert von Karajan e interpretada, en sus principales papeles, por Maria Menghini-Callas, Giuseppe di Stefano y Rolando Panerai, editada en tres discos microsurco por La Voz de su Amo (y que aún actualmente EMI Classics sigue ofreciendo remasterizada en 2 CDs).

En el viejo drama romántico se nos contaba la historia de la gitana Azucena quien, pese al odio inicial, cría amorosa al hijo del Conde que, poco antes, había mandado a la hoguera a su madre. Una noble, Leonora, se enamora de ese niño convertido en joven trovador y guerrero: Manrique. Pero por ese amor se enfurece el actual Conde de Luna, sin saber que su rival es el hermano al que da por muerto. Tras diversos lances de amor y guerra, al final la dama se envenena para no entregarse al noble, el trovador es ajusticiado por orden del Conde y la gitana morirá de dolor pensando siempre, pese a todo, en la venganza de su madre. En la exuberante obra de García Gutiérrez todo es amor, honor y venganza.


En la inmortal ópera de Verdi sobre esa tragedia española, los protagonistas se reducen y convierten en una mezzosoprano hechicera, la más virginal soprano, un tenor heroico y el malvado barítono. Y los coros de gitanos o de soldados, los violines y las trompetas, los clarinetes o timbales, potencian cada cual a su manera esa cruel historia trazada, con la amoral belleza de la música, entre emotivos recitativos, virtuosas arias e impactantes conjuntos. En la maravillosa ópera verdiana vence sonoramente el apasionado amor sobre el honor y la venganza.


En este contemporáneo trovador danzado, destilación moderna de viejas historias y antiguas músicas, donde los vetustos telones pintados se sustituyen por vistosas y vivas proyecciones artísticas, protagonizan la escena poderosos cuerpos que dejan entrever, bajo sus simbólicos ropajes, la igualdad de la desnudez: ese magnetismo de la carne, que se atrae y repele en un permanente y sensual combate. La historia es la misma, pero ahora narrada visualmente desde el sueño amoroso o la pesadilla funesta, representando de nuevo los más profundos sentimientos humanos ahogándose bajo el estruendo -catastrófico y catárquico- de cuanto nos aterroriza: tormentas, incendios o guerras. Tras los sonidos del amor y el horror, la aguja del gramófono golpeando al concluir el viejo disco nos evoca, con la dureza de la máquina, el inicial redoble premonitorio. Y es que en El Trovador. Ballet contemporáneo ya sólo cabe el amor: sea puro, vengativo, celoso… alimente caricias, abra heridas o engendre violencia.